Breve exploración de la relación entre la cultura del autocontrol del impulso sexual y el hembrismo

La adopción gradual de un sesgo misándrico en occidente, condujo a la aceptación del igualitarismo de género (que no es algo bueno) primero y del supremacismo femenino (que es algo inmensamente peor) actualmente en nuestra cultura.

Las razones para el surgimiento de este sesgo, tal como son aportadas en general, no alcanzan para explicarlo. Las pastillas anticonceptivas, no pueden explicar la aparición del sesgo previo por lo que sería más ajustado a la realidad decir que las mismas no dan origen sino que precipitan un proceso que ya se venía dando y que, argumentamos, podría ser consecuencia del descenso de la religiosidad.

La hipótesis que plantearé en este breve ensayo es que la gradual degradación de la masculinidad va de la mano de la erosión de la cultura del autocontrol del impulso sexual en general vinculada a la religiosidad tanto islámica como cristiana.

La erosión de la capacidad de autocontrol del impulso sexual

El hombre sin control del impulso sexual, cae en general fácilmente en el vicio de la pornografía/masturbación, el consumo de la prostitución o relaciones seudorománticas pasajeras en las que la mujer ofrece sexo a cambio de ofrendas sin conexión emocional, compromiso real ni un vínculo de mutua confianza que la sostenga más allá de una relación de intercambio. Ninguna de estas actividades llevan al hombre más que a la ruina, primero económica y luego afectivo-sexual, salvo que tome acciones compensatorias. Cuando es excepcionalmente despierto o taimado, y en ausencia de un entorno moral que lo sancione, el hombre puede volverse predatorio, propiciándose actividad sexual mediante engaños y argucias, sin miramientos al daño que la actividad sexual pueda causarle a su pareja, lo que sería correcto calificar como una actitud estereotípicamente machista.

En el caso de la mujer, la situación es necesariamente distinta. La mujer sin control del impulso, cae, si es pobre o de escasas luces, en embarazos no deseados, relaciones intermitentes y emocionalmente turbulentas con hombres en general predatorios o que simplemente no la perciben como propia. La ausencia de apropiación las lleva a ser tratadas con desinterés como los teléfonos públicos o los bancos de plaza son destratados en comparación con la relativa dignidad que se extiende a los que pertenecen al hogar. En ausencia de un código social que lo sancione, la mujer también puede volverse predatoria en sus relaciones, buscando sacar partido principalmente económico de su pareja o parejas.

Igual que en el mundo animal, los depredadores de ambos sexos son una minoría. Pero la situación en este caso es asimétrica. La mujer predatoria, se contenta con pocas víctimas, generalmente hombres pudientes pero inocentes que creen estar sacando el mejor partido de la situación. El hombre predatorio en cambio, apunta a la mayor cantidad de mujeres posibles, en especial jóvenes y faltas de experiencia. La expulsión del padre de la familia y la erosión de su autoridad en la misma, le facilitan el camino.

Ésta asimetría en los hechos, genera una asimetría en la percepción social de los sexos, dado que el grueso de las mujeres tienen experiencia directa o indirecta de lo que son los hombres predatorios desde la adolescencia, mientras el hombre en general no la tiene sino indirectamente en general, y mucho más tarde en la vida.

El saldo final es que la imagen pública del hombre se defenestra, en especial entre las mujeres, mientras la imagen de la mujer no lo sufre en el mismo grado.

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