El feminismo, la batalla cultural y los progrebots – por Pablo Laurta

El grueso del rechazo que muchos sentimos hacia el feminismo actual viene de los agravios injustificados a los hombres y los intentos de despojarnos de nuestros derechos fundamentales.

Ambos aspectos pueden entenderse como producto de la cultura política asociada a lo que el neomarxismo llama “la batalla cultural”.

La batalla cultural feminista

Con el cambio de paradigma que implicó el pasaje del marxismo económico clásico de la guerra fría al marxismo cultural ( o neomarxismo ) de hoy, cambió la estrategia marxista para desestabilizar a las democracias capitalistas de occidente. En lugar de atacar directamente al sistema económico de la sociedad, la vía elegida para desarticular a las democracias occidentales es el dislocamiento de la infraestructura cultural que sostiene a las instituciones: la destrucción de la cultura.

Esta destrucción de la cultura, parte de la destrucción de los postulados más fundamentales, como el hecho de que existe una verdad a la que podemos acercarnos y de esta forma lograr acuerdos y superar conflictos. La crítica teórica posmodernista, llevada adelante entre otros por pensadores neomarxistas como Jacques Derrida, atacan directamente la idea de verdad en la que se fundamenta el diálogo y la discusión como mecanismo de resolución de conflictos, lo que sostiene a su vez la efectividad del sistema democrático.

Actualmente, la ideología feminista (abrumadoramente neomarxista), consecuentemente con Derrida, es dogmática y no concibe al diálogo y la discusión como mecanismos de acercamiento a la verdad, sino que reduce la comunicación humana a sus fines propagandísticos y de “lucha social”.

En consonancia nuevamente con el relativismo epistemológico posmodernista de Derrida, consta de un conjunto de creencias anti-científicas entorno al mito del patriarcado, sustentadas mediante una formidable tiranía propagandística global.

Esta ha infectado no solo los medios de comunicación, sino también y más peligrosamente las instituciones educativas y centros de investigación del grueso de las sociedades occidentales, llegando recientemente incluso a afectar las operaciones de corporaciones privadas como Yahoo!, Paypal o Target.

Mediante este aparato propagandístico de dimensiones inusitadas no solamente se difunden estos mitos y falsedades, sino que se radicaliza a muchos de estos creyentes, convirtiéndolos en militantes dogmáticos.

Insignia Amarilla
Los Nazis utilizaban estas insignias amarillas para identificar y facilitar la persecución de los judíos.

Progrebots

Estos inquisidores freelance contemporáneos: (“Feminazis”, “Progrebots”, “justicieros sociales”) recorren medios, grupos de amigos y redes sociales sancionando a todo el que se salga del corral de lo “políticamente correcto”, colgando en nuestras solapas las insignias amarillas de hoy:  las etiquetas de “Machista”, “Misógino”, “Racista”, “Homofóbo”, etc. aún cuando nada de lo que digamos se ajuste a ninguno de estos conceptos.

El sentido de la aplicación del término, nuevamente, no es dialéctico sino retórico. No quieren decirte que sos machista, sino señalarte como alguien distinto y reprobable, humillarte, estigmatizarte, hacerte sentir mal por pensar lo que pensás, y de esa forma retorcida e irracional “convencerte” de pensar igual que ellos.

Todos quienes hemos puesto en duda algún dogma feminista hemos tenido al menos un cruce con personas afectadas por esta condición, quienes interpretan que realizar una crítica constructiva y bien fundamentada del feminismo, y en especial, mostrar independencia de criterio y no andar por la vida pidiendo perdón por ser blanco, heterosexual o varón, implica “ser misógino”, “ser facho” y “de derecha”, cuando lo único que implica es tener una psicología saludable y pensar distinto.

Lo que escribís Pablo, no denota otra cosa que tu misoginia y la comodidad desde la cual disfrutás y alimentas los privilegios que tenés asignados por tu cobdición de varón. – Puche Puche

 

ProgrebotsGeneralmente quienes participan de esta intolerancia militante, muestran una psicología infantil.  Se sienten orgullosos de posturas políticas que han aprendido de alguien más, generalmente en el ámbito universitario y por ende creen ser portadores de una moralidad superior que los valida como personas, y en el caso de ser blancos, hombres o heterosexuales, los libera del sentimiento de culpa que les han imbuido en base a cualquiera de estas 3 condiciones consideradas como “problemáticas” por la progresía radical. Una culpa totalmente injusta por otro lado, porque ¿Por qué debería uno sentirse culpable por una condición como el sexo y el color de piel, que le fué impuesta por la naturaleza, y que nunca ha dependido de su voluntad?.

Para quienes perciben la realidad a través de un relato, la exposición a la verdad y la razón – que por necesidad lo contradicen – suelen causarles un fuerte conflicto interno. Los traumatiza, puesto que representan la amenaza de despertar a esa dura realidad de desorientación moral y vacío espiritual de los que el relato y la batalla cultural son un escape. Implica descubrir que han sido engañados, manipulados, y utilizados como peones de un juego político macabro. Veamos por ejemplo la reacción de un progrebot que solía concurrir a esta página a descalificar nuestras ideas en base a nuestro sexo en el momento en que desiste de continuar con el hostigamiento.

Progrebot is mad
Si pudiera listar los supuestos privilegios que tenemos por nuestra “condición de varones” lo habría hecho, pero lo más preocupante es que no se de cuenta de que llamar a alguien “misógino”, “privilegiado” y “buen macho”  es insultarlo, desde que se hace con la clara intención de agraviar.

Ellos en general están convencidos de luchar contra un mítico opresor ( ej. “el patriarcado” ,”el racismo institucionalizado”, “la sociedad transfóbica”, “gordofóbica” – cualquier sentimiento de culpa o complejo de inferioridad sirve para darles manija – ), pero lo que llevan adelante en la realidad es si,  una “batalla”, pero no contra ningún gran enemigo, sino contra la libertad de personas comunes y corrientes que cometemos la imperdonable transgresión de pensar por nosotros mismos.

Pero estos fanáticos no son fichas sueltas. Son utilizados deliberadamente como una policía política irregular, con el rol de perseguir al que piensa distinto, intimidarnos mediante la aplicación de etiquetas que señalan como blanco a las personas, y mediante amenazas, – e incluso ataques directos -, lograr quebrar nuestra valentía intelectual, y hacernos caber a la fuerza en el molde de lo “políticamente correcto”.

La humanidad está por encima del conflicto

La intimidación y la persecución del que piensa diferente no son nada nuevo, y no tienen nada que ver con el signo político, con las políticas de derecha o izquierda que se quieran implementar. El problema no está en los objetivos sino en los medios utilizados para intentar llegar a ellos.

De la misma forma que condenar los crímenes de guerra no pasa por tomar parte por ninguno de los bandos, condenar el extremismo: la intolerancia, el uso del fanatismo, la intimidación, la persecución política, las amenazas, la parasitación política de instituciones educativas y su utilización como usinas de indoctrinamiento, no implica tomar parte por un bando político, sino defender un interés humanitario, superior a cualquier preferencia política.

Necesitamos como sociedad definir pronto nuevas reglas de juego claras y aplicarlas estrictamente, para que nos ayuden a mitigar el daño que los conflictos políticos pueden llegar a producir cuando son llevados adelante con este flagrante desprecio por los derechos, las libertades y la integridad de las personas. No podemos seguir relativizando la degradación de la sociedad, el proceso decivilizatorio, que se produce al normalizar esta idea de que el avance de una causa política justifica la utilización de cualquier medio.

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