Las «Actrices Argentinas» y el #MeToo tienen que hacerse cargo de su pasado.

El colectivo feminista de «Actrices Argentinas» que agrupa a algunas mujeres mediáticas, realiza constantemente apariciones en televisión aludiendo casos de «acoso sexual» en el ámbito de los medios.

Aclarando qué es el Acoso Sexual

Lo primero que debemos aclarar es a qué se refieren con «acoso sexual» en la mayor parte de los casos.

Coincidentemente con la expansión de las definiciones de «violación», «abuso sexual», etc. que ha hecho el feminismo para inflar cifras y plantear un problema excepcional como si fuera de una incidencia omnipresente, a lo que las actrices se refieren como «acoso sexual», son en la mayor parte de los casos insinuaciones de índole sexual.

El acoso sexual propiamente dicho, requiere que un acosador persiga y hostigue en repetidas oportunidades a una mujer para que por coerción la mujer acceda a tener algún tipo de contacto sexual. En la mayor parte de los casos, lo que las Actrices Argentinas denuncian como acoso, no es entonces propiamente acoso, sino insinuaciones.

Víctimas del uso político del lenguaje

Es importante aclarar este punto, no solo por amor a la verdad. La expansión de las definiciones de estos términos, que el feminismo realiza con fines políticos y económicos (dado que a más cifras de «acoso», más presupuesto para sus organizaciones), relativiza el sufrimiento de las víctimas de los crímenes sexuales más graves, como las víctimas de violación, que ven el ultraje inimaginable al que han sido sometidas, igualado en gravedad por el movimiento feminista, con una insinuación fuera de lugar.

¿Por qué se dan tanto las insinuaciones en el mundo del espectáculo?

Las «Actrices Argentinas» parecen padecer de un caso de ignorancia interesada de la historia, pero en particular sobre el pasado de su profesión. La actuación no surge de la nada en los años 90s. Desde sus comienzos en la antigüedad, ha estado ligado en la conciencia pública a la prostitución y la inmoralidad sexual. Previamente incluso al surgimiento del cristianismo, por lo que la típica acusación a los cristianos de «estigmatizar» en base a prejuicios, en esta caso, no corre.

Para muestra basta un botón. En el siglo 6, el Emperador Romano de Oriente, Justiniano I, se tuvo que enfrentar a la controversia generada por elegir como esposa a una actriz, que luego se convertiría en Santa Teodora.

Como atestigua el éxito del agente Harvey Weinstein (que colocaba actrices en roles de privilegio a cambio de atenciones sexuales) y el de sus representadas, este vínculo estrecho entre la actuación y la compra de espacios privilegiados con favores sexuales, continúa hasta hoy sin mayores cambios, y goza de la complicidad de mujeres superficiales que ignorando las consecuencias espirituales, ven positivamente este tipo de tratos, como una oportunidad de avance en su carrera.

¿Cuánto hubiera resistido Weinstein haciendo ese tipo de insinuaciones si la primera, la segunda, la tercera mujer a las que se las hiciera, fueran íntegras, rechazaran el trato y lo denunciaran en la justicia?

De más está decir que este tipo de negociados son negativos tanto para la mujer como para la cultura, hasta ahí estamos de acuerdo, pero ¿Se puede tirar este muerto exclusivamente a los pies de la masculinidad, como hacen el #MeToo y «Actrices Argentinas» cuando requiere de la complicidad femenina para que exista? Sin mencionar que la misma dinámica ocurre entre agentes y actores del mismo sexo.

La solución nuevamente no pasa por humillar públicamente a los hombres (todos) culpables o inocentes, que es lo que busca el feminismo. La solución es  promover la integridad en el espectáculo. La transparencia en la toma de decisiones sobre los roles otorgados. Entre otras muchas medidas que podrían seriamente confluir para reducir la prevalencia de este problema.

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